Francisco Gallardo en Revista Surrealista

Nunca me había puesto a pensar en mi punto surrealista. Tiro de diccionario para refrescar la memoria. Conecto el ordenador, espero, hago las mil y unas pesquisas informáticas necesarias para que en la pantalla aparezca la definición. Surrealismo: movimiento artístico que intenta buscar y representar una creación y realidad subconsciente, onírica, imaginaria e irracional.

Ahora que lo pienso no deja de ser surrealista tener a mano, justo a la espalda, un diccionario de papel y en vez de silabearlo, suelo, suerte, sujetar, superficie, surmenage, surrealismo…,invocar al demonio de los bits. Ramón Gómez dela Serna, un ilustre surrealista, bien podría decir que por Internet se llega a las palabras en avión. Atraviesas países y casi no te das cuenta. Con los diccionarios de toda la vida, se llega a las palabras en tren, parando en las estaciones de los pueblos.

Sigo dándole vueltas al asunto, buscándome el punto surrealista. Me palpo la frente, percuto mi abdomen, escucho los crujidos de mi rodilla derecha. Tiro de recuerdos, de memoria de viajes, de la película de mi vida que ha ido sin remedio cambiando de soporte, de las películas de superocho a los deuvedé. Adopto posturas de yoga, bailo girando sobre mí mismo como los derviches turcos. Todo es en vano. Mi punto surrealista no aparece por ningún lado. Estará de vacaciones como las musas de Serrat.

Con resignación apago el ordenador a la espera de tiempos mejores. Tras un breve paseo llego a la plaza de San Lorenzo, radiante de luz en esta mañana de mayo. Me gusta este antiguo patio de ablaciones de la mezquita, donde tantas veces corrí de niño detrás de la pelota y de las ilusiones. Vi esta plaza muchas veces detrás de un antifaz negro, acompañando la pena barroca dela Virgende la Soledad. Aquí fui creciendo y si cierro los ojos puedo ver la torre mudéjar a distintas alturas, las de mis años, rayas de tiza pintadas en la pizarra de la memoria. Si tapo mis oídos, puedo escuchar el sonido de las campanas y el vértigo de las cigüeñas que entonces venían desde París anunciando la primavera.

En este momento, sobre la plaza revolotean palomas blancas y alguna que otra, con vocación circense, ensayan piruetas sobre la nariz aguileña de la estatua de Juan de Mesa. Los niños, otros niños, juegan sin descanso entre la línea del sol y la barrera de sombra que le dala Basílicadel Gran Poder. La vi construir poquito a poco, hasta que se fue cerrando la plaza por completo. Hace ya mucho tiempo, y es verdad que de todo hace más de veinte años como decía el poeta Gil de Biedma.

Ahora que lo pienso este compás tiene algo de coso taurino, con el amarillo albero y el rojo sangre incrustados en los muros de las dos iglesias. Con su respetable de sol y su respetable de sombra. Por aquí también han correteado el toro de la vida y el verraco de la muerte. Este último, traicionero, remató aquí contra las tablas a Joselito el Gallo, que fallecido, no muerto, quiso venir a besar los pies del Gran Poder. El mismo morlaco miserable que hizo sonar lentamente las campañas de San Lorenzo una maldita mañana de enero de 1989. Cuando mi padre se cansó de ser sencillamente bueno.

He estado en muchos museos. Apenas sé de pintura, como de tantas cosas. Me dejo llevar por las sensaciones. Me gustan los cuadros de algunos pintores surrealistas. Las litografías de Chagall, el realismo mágico de Magritte, las chaladuras geniales de Dalí. Estoy seguro, que ni tan siquiera en el museo del impresionista Van Gogh, he visto los colores que he contemplado en esta plaza. Los del otoño amarillo dibujado por las hojas caídas desde los plataneros. Los ardientes relámpagos, casi rojizos, del mediodía de verano. Los románticos grises del invierno sacados de la lluvia y de las leyendas de Bécquer, su ilustre parroquiano. La luz nueva, diluida en azules pastel de cada primavera.

He leído muchos libros, algunos de ellos sentado en esta plaza que no es grande, ni pequeña. Tiene las dimensiones exactas de lo eterno. Julio Cortázar, a veces, dejaba la ribera izquierda del Sena y jugaba conmigo a la rayuela dibujando líneas en el suelo. Traía aquí a Jorge Luis Borges, con sus tigres y su fantástica biblioteca del mundo. Pero ningún libro me estremeció tanto como Ocnos de Luis Cernuda. Una tarde, el poeta exiliado me preguntó: ¿Cuantos siglos caben en las horas de un niño? Aún no le he sabido contestar.

Regreso sobre mis pasos. Al llegar a casa conecto el ordenador. En el procesador de textos inserto las palabras infancia y memoria. Todo parece más claro y respiro tranquilo. Mi punto surrealista es sentarme en un banco de piedra de la plaza de San Lorenzo.